miércoles, 9 de septiembre de 2015

Del libro Tiempo de Recuerdos (1987)

                                        Reflexiones a manera de introito


Hoy he roto no sé qué Mundo de inhibiciones y temores y he resuelto escribir un libro.
¡Qué ampulosa palabra para designar a este borrador en el cual trataré de transformar en palabras todas  aquellas  ideas, pensamientos y recuerdos que han danzado en mi mente durante tantos años!
Quizás pueda encauzar en él mis inquietudes y mis aspiraciones desconocidas aun para mí misma.
Dijo alguien que un hombre debe tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro… Pienso en el ser humano, hombre-mujer, y quiero confundir al hijo con el árbol. Entonces puedo decir con cierto orgullo que he plantado dos árboles, arraigados con amor en éste y otro suelo.
Por ello sus raíces han de extenderse ávidas hasta alcanzar las vertientes más profundas, las que habrán de fortificarlos  proyectándolos en ramas fuertes que puedan ser pródigas de frutos.
Para esos mis árboles, para ellos mis hijos, escribiré mi libro.
El futuro, su futuro, será más claro y luminoso si sus plantas se afirman  seguras y  orgullosas, sobre la base firme de seres anónimos que día a día construyeron  una época.
Será esta la historia de nuestra familia, de nuestra pareja, de nuestro hogar y ¿por qué no? De aquellos ancestros que la crónica o el contar memorioso de algún familiar pudieron rescatar del olvido.
Será la historia de una de las tantas familias que no ha de figurar en enciclopedia alguna. Sus hechos, ni magníficos ni deplorables se van perdiendo inexorablemente. Pero quedarán nombres, para que algún día una bisnieta curiosa, pueda asomarse a esta ventana de recuerdos y allí, empolvados, encontrarlos. Al hacerlo, sentirá renacer la historia de otros tiempos y los lazos de su misma savia