viernes, 10 de agosto de 2012

Con los brazos abiertos


Recordemos nuestras suaves colinas, las  redondeadas elevaciones, el agua cristalina zigzagueando entre las laderas  y el mar cambiante y misterioso.
Sentiremos todavía aquellos vientos raramente huracanados y las brisas perfumadas de la primavera.
Era la lluvia casi siempre oportuna y el clima agradable en un país especialmente digno de ser vivido.
     El habitante, conocedor de esos dones era igual, afable, algo indolente y despreocupado. Apto para ser perfecto mediador, defensor de la justicia y de la paz.
A medida que el país progresaba la cultura aumentaba, los intelectos se desarrollaban ampliamente, y muchos hijos de este suelo desde aquí y desde el exterior se convirtieron en expertos en Relaciones internacionales. Modelos de cordura, sabiduría y elocuencia  capaces de apoyar y defender toda causa justa.
    Hoy la inteligencia perdura, la capacitación ha aumentado, sin embargo de aquel paisaje casi paradisíaco, perdura tan sólo el suelo curvilíneo, las verdes praderas y el mar rumoroso.
Vientos muy fuertes han soplado en la naturaleza y en los hombres. Han aumentado los fríos y el Sol se ha vuelto más abrasador.
    Muchos hombres y demasiados jóvenes han caído en la intemperancia, en los errores, en los delitos a que han sido conducidos por hábitos que jamás  sospechamos que surgirían.
    El mundo exterior ha influido dolorosamente en nuestra sociedad y ahora ignoro si seguimos siendo tan ecuánimes y generosos.
   Hoy hay hambre, hijos que emigran, muertes injustas, prematuras, trágicas.
   Tal vez seamos más agresivos al igual que los vientos…
En cambio el suelo sigue siendo firme y confiable, y mientras desde la distancia oímos o vemos escenas de pueblos más iracundos e intolerantes, más pobres e  inestables, nos  atrevemos a extender la mano cálida e invitante para que se sepa que los golpes fortalecen y que lo único que perdura  es la solidaridad y la comunicación.
Aún tenemos mucho para decir, y aquí estamos
.


Al partir


               

Cuando nos vayamos, algo perderá el orbe.
Una chispa de luz de cualquier astro,
la gota de rocío que mojó nuestro rostro,
la sonrisa del niño que hemos sido,
la irrepetible corriente del río a nuestro lado.
Aquel rayo que cayó tan vecino,
la imagen reiterada del gran cerro
 los  hirientes brotes de algún pino,
y la roja alegría de este ceibo.
Aquel trozo de roca hoy vuelto arena,
nuestro inocente asombro ante lo bello
y el palpitar secreto ante lo oscuro.
El perfume generoso que nos diera una rosa,
y nuestra huella pequeña sobre el lodo.
El azul infinito de otros mares
el hueco en el colchón de nuestra cama
y algún verso genial que recordamos.
Un dulce beso y una mano cálida.
Único fue el instante que vivimos,
y así como extrañamos lo perdido,
el Mundo todo sentirá la ausencia
de nuestro paso, si éste  desvaído
ha  sido en su pasaje por la vida.
Tal vez algo dejemos, y en la mísera
partida desolada que afrontamos
nos quedará el consuelo indefinido,
de saber que unas cosas nos llevamos.

                                 Wilma Pereira de Vaccaro

Paranaguazú



No puede imaginarse
un abrazo más cruento
Hombres desprevenidos
visitantes de hierro

Relámpagos y rayos
desde una nave inmensa
que se movía con alas
y no usaba remeros.

Flechas, lanzas, coraje
orgullo el extranjero
 que estaba preparado
para inusual encuentro.

Y se detuvo el viento
y callaron los ceibos
El neolítico apenas
con  tardo medioevo

¡Cómo captar instantes!
¡Cómo vivir sus miedos!
El mar fue el responsable
de intercambiar los tiempos.

Wp de Vaccaro 21/10/2008

martes, 7 de agosto de 2012

Mi flor... (otra para Romina)




De tierra de cristianos llegó mi flor
porque trajo de ellas  gracia y amor.
Y si árabes llaman así su nombre
es seguro que al mismo ella hace honra.

No sé  quiénes  dicen cómo llamarnos,
mas  sorpresas gratas suelen brindarnos
el origen aquel, nunca pensado,
y el sentido tan bello del resultado..

Yo imagino que alumbra una luz buena,
esa  vía de azahares y de azucenas.
Que si bellos nombres nos han dejado
es que Dios generoso los ha inspirado.



  

La de tierras cristianas



Con tus ojos oscuros
 y tu sonrisa clara
y ese nombre que luces
ya tímida, ya ufana,
 te sueño allá muy lejos
donde jóvenes árabes,
susurraran al verte:
“la de tierras cristianas”
¿qué sueños te marcaron?
¿Qué señales te dieron?
Tienes aroma grato,
porque amas a las gentes
cualquiera sea la casta,
 variados sus pensares
o  pesadas  sus faltas.
Y porque eres mi nieta
y  sabes que te amo,
yo seguiré el ejemplo
 de ser mejor cristiana.

Miedo

                                                  
Ese terror absurdo que me marcó de niña, no supe nunca a qué atribuirlo. Lo cierto era que cualquier tormenta intempestiva con su mezcla de luces y de ruidos me hacían correr irracionalmente hasta cualquier rincón de nuestra casa para tratar de disminuirlos bajo mantas y frazadas. Un llanto convulsivo hasta que volviera el silencio y la calma- Y así una y mil veces. No importaban las explicaciones si las palabras tranquilizadoras. Yo era la fugitiva perenne de las tempestades. Los días de festividades patrias, entre fuegos de artificiales y cohetes seguían siendo  tormento para mi oídos y mi sinrazón. Un día, cuando ya tenía nueve años una brusca y atemorizante tormenta de verano, me encontró corriendo por un campo desierto. Corría y lloraba, apretando el canasto repleto de uvas. Mientras, rogaba a Dios que pudiera llegar a mi casa. Lluvia y truenos cesaron de repente. Entonces me creí una heroína por haber sobrevivido a tanta agresión. No tenía entonces idea de guerras injustas, devastadoras donde el ruido de las armas más o menos pequeñas y de las balas de los cañones asustaban a los más valerosos. Me hice adolescente y mujer. Toleraba bastante ya los cohetes y las tormentas me producían todavía miedo, pero podía resistirlo. Sin histerismos. Sabía que había tormentas mucho más grandes en el alma del ser humano, algunas se atrevían a manifestarse cerca de mí. Para esas un llanto tenaz y otra vez los oídos cubiertos ante mi impotencia por calmarlas.
 Así me dije un día: Mi futuro será de paz. Nada de discusiones, ni voces airadas. Todo amor. Para lograrlo claudiqué muchas cosas, no es fácil abatir intolerancias con la voz suave y mansa, y los silencios impuestos por mi voluntad se hicieron a veces interminables y fui yo la que nuevamente prorrumpí en llanto para terminar con ellos La vida me había engañado, la paz no se alcanza sin explicaciones y éstas no son siempre tan silenciosas porque llevamos gritos e insatisfacciones en el corazón y sólo se calman con alguna explosión brusca de alguna parte. El ser humano no nace con un carácter suave y conciliador. A veces la ira nos atrapa y no sabemos cómo dominarla. Dios puede detener los vientos, acallar los ruidos, pero nosotros no tenemos la riqueza de su carácter y nos desbordamos como ríos. El tiempo me fue enseñando, aunque nunca fui tan inteligente como para alcanzar la serenidad absoluta y definitiva.
Logré sufrir mejor algún vendaval  que arreciaba pronto .  Como dijo el  poeta, uno era la roca el otro el mar que intenta derribarla, pero en cambio discrepo con él mismo, en que en mi caso “Si, pudo ser” La armonía fue surgiendo de a poco, a medida que aprendimos a tolerar, a confiar, a entregarnos uno al otro para desafiar los fenómenos de la naturaleza, propia, y de la naturaleza de los elementos físicos, entre ellos los que causan desgarrantes enfermedades.Tan sólo nos costó aprender durante cierto tiempo que el amor no es torbellino, ni pasión,es paz y compañerismo, unión y solidaridad.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Circos y Teatro

                                           LOS CIRCOS Y EL TEATRO

¡A cuántos circos concurrí de niña, de joven, de adulta! Ya no recuerdo  ni siquiera los nombres de todos ellos, tal vez de pocos. No eran esos suntuosos circos de inmensa carpa donde fieras  y artistas hacían del acontecimiento algo inolvidable. Sin embargo poseían dentro de los modestos recursos que marcaba una decadencia que un día los haría desaparecer, espléndidos equilibristas, ecúyeres con donaire, alguna fiera ya fatigada, tanto como los payasos que arrastraban sus chistes con cierta tristeza. Cuanto más lejanos en mi pasado, sé que eran más esplendorosos, pero no dejo de reconocer que el esfuerzo por sobrevivir, empeñaba a sus actores a veces a actos hasta heroicos. Esa era la primera parte. Después de un intervalo de golosinas y tarjetas con las fotografías de las artistas más “seductoras”, indefectiblemente aparecía aquel teatro, del que solíamos en los últimos años escapar con prisa. No obstante eso, nuestra niñez, permanecía hasta el fin, mirando a Martín Aquino, El Pequeño Héroe del Arroyo de Oro, Flor de Durazno, M`hijo el dotor, Barranca abajo, Santos Vega, u otras obras de corte campesino. Los actores nos parecían malos, ajenos a la realidad, estruendosos, trágicos. Cumplían sin embargo en  su repertorio gastado con  una acción cultural. Esos circos que llegaban a los pueblos diseminados por el interior de nuestro suelo, trataban de acercar, con su esfuerzo grande, aunque no siempre bien logrado, el teatro  a nuestros pueblos., ponerlo al alcance de  las capas más humildes  de la sociedad.
 Familias de poquísimos recursos, quizás ahorraran en víveres o vestimenta para acercarse entusiastas a las carpas, últimamente remendadas, para satisfacer  el ansioso deseo de los hijos y hasta el suyo propio. El altavoz o el megáfono se había encargado de promocionar su presencia. ¡Y cómo escapar a aquella fantasía de luces que prometían un buen rato de esparcimiento! Así, bueno o malo, el teatro penetraba en los diferentes estratos sociales. A veces, la literatura penetraba en imágenes, en mentes sencillas de poca o ninguna ejercitación lectora.  Hoy reconozco, el  esfuerzo grande que realizaban los miembros de aquellos circos, que por su economía no poseían tantos números espectaculares, como aquellos que podría esperarse.  No me refiero a la calidad de los trapecistas, gimnastas, malabaristas, sino a la ausencia de costosos animales, tigres, leones o panteras. En cambio, no faltaba algún animal doméstico, que hiciera las delicias de los niños. Tal vez desde esa época ha quedado en mí, y a veces me avergüenzo de ello   un cierto rechazo por el teatro dramático. En realidad prefiero las comedias con humor; las risas son más fáciles de sacar que las lágrimas. Para llegar a mis sentimientos es más fácil lograrlo con el cine. Comprendo que es un arte muy diferente, pero se parece más a la realidad. En cambio el teatro, más allá de la valoración que pueda hacer de la interpretación digna o excelente de los actores me emociona menos. El teatro nacional es muy bueno. Tenemos espléndidos actores, pero la realidad de mi función en una platea, sin sentirme   calificada, es más la de una  analista que de un gustador de la obra. Tal vez la marca de los teatros menores a los que me he referido, pero que tuvieron el valor de la penetración, es el mismo, que se interpone  entre el actor y yo. Siempre he pensado que jamás habría podido ser actriz. Ni siquiera me habría gustado. Sin embargo, mi afán por la poesía, y  la lectura expresiva parecerían demostrar lo contrario. En fin… Tal vez solamente son divagaciones en una tarde solitaria, cuando el sol comienza a abrir un cielo más oscurecido por el invierno que se ha alejado.

Los hijos del Trueno


                             
Así los llamaban, y no venían furiosos escoltando a Atila. Eran  pescadores iracundos  que estuvieron justo en la ruta del Maestro. Y quién como Él  podría descubrir potencialidades, fragancias escondidas donde apenas asomaba desasosiego o inconformidad. Allí encontró al discípulo amado, aquel que escribiría para nosotros los mensajes de salvación y de esperanza que predicara Jesús y que  nuevas revelaciones le rubricaran.
Fueron muchos los que lo siguieron cuando Él, suave pero firmemente, les decía: -“Sígueme”
Nosotros, habríamos  pasado de prisa  cerca de esa tormenta. Nos habrían   disgustado    los  gritos,  y la violencia.  Habríamos juzgado  apresurado,  aunque valiente a Pedro cuando esgrimiendo daga  tratara de salvar a quien no necesitaba de ningún protector.
Impulsos sin razonamiento todavía.   Nos sentiríamos avergonzados cuando el gallo marcara las tres veces en que Simón negara a su maestro.
Tal vez muy sorprendidos de que aquel tesorero serio y cuidadoso  sería el terrible traidor que anunciaban las profecías.
¿Y nosotros en qué grupo nos incluiríamos según nuestras actitudes? No somos ciertamente calmados, a veces acunamos rencores, explotamos en iras desmedidas,  huimos ante la menor amenaza,  negamos y mentimos.
Nos enojamos con nuestros hermanos o nuestro prójimo porque estamos desconformes con nosotros mismos. Es que no logramos perdonar actos que Dios ya no recuerda. Nacimos de nuevo, es cierto. Pero cuán lejanos todavía de reflejar lejanamente el accionar de Cristo.
Estamos en el Mundo. Nuestros amigos, y las personas más cercanas  tal vez no piensan como nosotros. Y sabemos que nuestra palabra debe ser muy gentil, muy oportuna, muy serena para no herirlos. Al fin esta enseñanza debimos darla antes para que bebieran en ella. Pero entonces aún estábamos parcialmente ciegos y no habíamos nacido de nuevo. Ahora la única arma es la oración. Debe ser intercesora, ferviente, continua. Solamente quien atesora todo el  poder,  puede oírnos,  sanar nuestras  heridas y cumplir el anhelo más grande de nuestra vida, el que ellos nos acompañen en la aurora de luz y amor que  anunciará el regreso del Mesías