lunes, 3 de enero de 2011

Hielo

                                 
 De hielo se volvió mi alma en ese instante. Mis  antepasados, aquellos que yo conocí, habían sido bastantes, comparados con lo que les ocurre a la generalidad de las personas. Los vi  estar, compartir, marcharse con la indiferencia que pone la juventud ante hechos que juzga previsibles.
Pero mi íntima familia estaba integrada por cinco grandes amores, sin escalafones. Diferentes pero a la vez indivisibles en mi corazón e irrenunciables en mi vida.
Al faltar uno, nuestro pequeño clan intentó consolarse entre sí, pero creo que mezclamos nuestros respectivos dolores sin que se suavizaran por largo tiempo. La partida de mi padre, fue el primer gran golpe que me dio la vida.
 Un día me atreví a hurgar en los cajones de su viejo y privado escritorio. Buscaba apenas valores afectivos.  Cualquier testimonio real y palpable que mitigara su ausencia ¡Encontré tantas cosas! Botones de bronce, plumas de acero de las que se colocaban en las lapiceras cuando yo era niña, postales de juventud, boletas de compras que tenían más edad que yo, ya que eran de los muebles que compró con motivo de su inminente  casamiento. Era mi padre muy conservador en cuanto a papeles. Quizás esta última condición la heredé de él.
Encontré muchos datos de su soltería, de su juventud, de aquel antes que yo no conocí. Diarios y revistas que no sé por qué milagro no se habían convertido en polvo dado lo amarillentos que estaban.
La noticia de su boda en  un periódico, la de mi nacimiento en otro. Era más sensible de lo que aparentaba. Entre las revistas encontré varios folletines de novelas de Emilio Salgari,  una revista de Tom Mix y otras lecturas populares en  su tiempo.
Recordé que su familia era muy aficionada a la lectura y que esas publicaciones circulaban de mano en mano luego que él las leía.   Aparte de él, que repetía el nombre del padre y del abuelo, sus hermanos llevaban nombres escapados de las novelas de Dumas padre e hijo, y de otros escritores reconocidos.
     Mirando esa literatura. de la que apenas conocía   autores o  personajes, sin dudas famosos entonces, mi alma comenzó a entibiarse lentamente…
 En mi niñez   yo también había disfrutado de “Mi literatura”, escrita como viñetas, muchas imágenes y pocas palabras . . Eran tantos los personajes, los héroes o antihéroes, las  historias cómicas y las que hacían llorar, las de misterio o las de justicia. Las de violencia y algunas de amor apenas naciente. Historieta que cayera en mis manos era devorada, pero la del Fantasma que camina, (como lo llamaban los nativos) La Sombra, o la Calavera, como solían decirle otros, era una de mis preferidas.
 En el corazón de África un precursor de Batman pero sin capa, con malla ceñida en cuerpo y cabeza y un anillo con una calavera que le servía para indicar tras golpe doloroso  que él había pasado por allí. Su acción transcurría entre pigmeos con flechas envenenadas. Él defendía y salvaba a los inocentes, mientras enamoraba  sin proponérselo a hermosas mujeres, que solían aparecer en sus múltiples aventuras. Las historias tenían el condimento de una eterna y enamorada novia, que creo se llamaba Diana Palmer.
 Tenía algo del Zorro en la aparente inmortalidad porque pasaba de generación en generación con un algo de eternidad y de misterio.  De  su rostro apenas se veía una  mínima parte, ya  que además llevaba antifaz. Esto hacía que en los atardeceres o en su pasaje fugaz y silencioso impactara como  la calavera de su anillo, lo que  no le quitaba atractivo.  Un lobo  lo acompañaba, a manera de perro  fiel  y colaborador.
Lo curioso era que su traje de civil no significaba renunciar a su curiosa vestimenta sino cubrirla o disimularla,ya que llevaba abrigo de amplias y levantadas solapas, pantalones, oscuros lentes y sombrero con ala inclinada sobre su frente
Jamás nadie pudo verlo sin la máscara que parecía  casi parte de su ser, y halo de su encanto.
Pertenecía a una saga de personajes que habían jurado cuidar la paz en África y en el Mundo todo. La historieta había surgido en el año 1936 y de la mano de su creador Lee Falk., guionista y productor teatral que entendía de trucos narrativos. Creo que a nadie pudo ocurrírsele que El fantasma pudiera morir, ni siquiera ser herido. Ése era el concepto en mi tiempo  de asidua lectora de sus hazañas.
Me queda agregar que para darle más atractivo, tal vez para emparentarlo con Tarzán. era el vigésimo descendiente de un noble inglés, víctima de unos piratas que juró sobre la calavera del  asesino, dedicar su vida a la defensa de la justicia,  en memoria de su padre asesinado.
¿Qué otra emoción podía agregarse a semejante inventiva. La historieta reunía todos los elementos para ocupar un brillante número uno.
Pero para no ser injusta con mis lecturas de infancia y adolescencia es bueno rescatar la figura del atildado Mandraque, el Mago, también él en África, con una novia princesa llamada Narda y un celoso cuidador de la misma, y acompañante de Mandraque, el fiel y robusto Lotario, enaltecedor símbolo de la raza negra originaria de ese continente.
Lo curioso, es que el autor de la tira, fuera el mismo de La Sombra..
La figura del Fantasma debió quedar entrelazada a mis largos cabellos cuando con un corte desafiante quedaron tendidos sin recuperación luego de mis quince años. Fue reemplazada  tal vez por las primeras novelitas rosa. A pesar de ello, por algunas tiras domingueras, me enteré de su boda, y del nacimiento de sus mellizos. Pero los cambios no alteraron para nada al personaje. Siguió siendo el mismo número de descendiente, sin que se supiera más de sus hijos, de su ancianidad o de sus ancestros, lo que podría haber puesto un toque de mayor interés.
Hasta surgieron historias disparatadas poco acordes al estilo  original.
 Creo que a pesar de mi abandono la historieta aún subsiste.
Antes de cerrar este baúl de recuerdos no puedo dejar fuera a Tarzán que es quizás aquel que perdura más en la memoria colectiva, o El superhombre, cuando aún no llevaba por estos lares su nombre inglés
Y yo, agradecida por este sacudón en mi memoria, provocado por la emoción de ver así, de prisa, el mundo de mi papá, siento que el hielo que me paralizaba  va desapareciendo. Dejo caer una lágrima agradecida y esbozo una sonrisa hacia la vida, de donde solamente nos alejamos, para que nuestros hijos acumulen recuerdos

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