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domingo, 19 de diciembre de 2010

Omisiones

Hace muchos años  escribí un pequeño libro  de datos y recuerdos familiares rastreados con esmero. Sin embargo sé que estaba incompleto
Faltaron los nombres de personas que conocí, algunos fueron mis amigos permanentes o transitorios. Otros simplemente personas que se cruzaron en mi camino. Muchos me regalaron sonrisas y alegraron mi día, otros  pudieron causarme heridas. Seguramente también yo debí  haber sido  presencia grata o desagradable. Pero el no mencionarlos no se debe a eso, simplemente hubiera sido arduo o imposible recordarlos a todos.  Además quizás me equivoqué en mis evaluaciones y acaso la amiga que yo más quise no fue la misma que me quiso a mí.
Pero sin dudas todas influyeron algo en mi vida.Hoy desearía no haberme equivocado  con el cofre de mis recuerdos Pero soy humana y eso es imposible, por eso pido perdón a quienes haya  herido, porque mi vida se formó así como es gracias a las  personas que compartieron  conmigo algún instante.  Todos fuimos parte de un tiempo en común. Fuimos vida simultánea  alguna vez. Estuvimos cerca, integramos  la misma farándula que gira y gira hasta que se detiene para siempre. Hicimos que este pasaje fuera menos solitario y quién sabe si más allá en la Tierra de la Esperanza, en el Edén de las promesas, ellos y yo   nos encontremos porque  juntos  construimos  con sabiduría o ignorancia, con valentía  o  desgano  fragmentos de dos siglos que pasarán, como lo haremos nosotros si no confiamos en nuestro Salvador.



viernes, 17 de diciembre de 2010

la vieja fotografía


He encontrado una vieja fotografía. La observo detenidamente. Allí estoy sonriente, casi niña. Muestro  la frescura de los pimpollos que quieren abrir, no importa en que flores se transformarán mañana, si no hay vientos o fríos adversos que lo impidan.
Parece una soleada tarde de estío, y  me he parado “frente al mar”, como dice el tango. Un mar seguramente plácido y azul. Pero no estoy sola, mi madre está a mi lado. Me sorprende ver que era una joven apenas treintañera, para mí ella fue siempre intemporal. Desde la distancia en tiempo, descubro que era bonita. Viste de negro, yo, de blanco. Nuestra ropa es informal y veraniega, ideal para un paseo vespertino.
Estoy apoyada en una de las columnas de la rambla de Piriápolis. Sé que a nuestros pies, Pepe, el fotógrafo, vistiendo su llamativa camiseta roja y   en cuclillas, intenta captar los detalles más favorecedores. Y no ha fallado. Ha podido aprisionar la tersura de mi piel y me ha mostrado más alta de lo que era. Mis apretadas trenzas dejan al descubierto un rostro abierto y natural, con mejillas algo sonrosadas por el sol, la luz lo indica, aunque la foto sea en blanco y negro.
Mi aspecto es el de la página en blanco que a veces menospreciamos. Ninguna emoción ha sido escrita todavía. Montañista feliz al pie de una metafórica elevación  a la que iré trepando aún  sin impaciencias. No muestro incógnitas ni sueños postergados. Serena disfruto de aquel pequeño presente.
 Me he detenido solamente en mí,  porque mi mamá ha partido hace algunos años, llevándose su encanto  y regalándonos su recuerdo.
 Sesenta años después de aquella tarde, mi piel refleja las huellas de una vida algo larga, con ciertos  escollos y un leve cansancio.
Tengo las arrugas provocadas por risas, dolores, alegrías y llantos y por supuesto el envejecimiento normal que dejan los años que se acumulan despiadados.
Aunque no me enfrente a los espejos, yo conozco la realidad, pero ¡cosa curiosa! mi alma ha retrocedido, está allí, en aquel momento del clic, y no quiere desprenderse.


miércoles, 15 de diciembre de 2010

Una

                                                   
                             Soneto

Yo soy mi vida y gasto mis minutos risueños
sabia, imprudentemente, derrochadora, abierta,
o simplemente aprieto un puñado de sueños,
temiendo que no cierre la descuidada puerta.

Yo soy mi tiempo de hoy y el tiempo que no llega
tal como ayer fuera el tiempo de mi infancia.
La nostálgica lluvia que mi mejilla riega…
Del instante supremo del amor la fragancia.

Y así se va pasando de la ilusión el halo,
según nuestro entusiasmo o las fuerzas distintas;
la vida que nos dieron es tan dulce regalo,


que la vemos a veces como a las viejas cintas,
aunque seamos una cuando aspiro y exhalo,
y nos vayamos juntas en un futuro extintas.


lunes, 13 de diciembre de 2010

Despedida

                                                    DESPEDIDA

La tarde es fría, el mar sereno. La imponente nave espera el flujo de pasajeros que se mueve. Un empujón, un “perdone”, una valija, un adiós. Los jóvenes, las manos enlazadas, trepan con prisa la escala. No se detienen hasta la primera clase. Recorren salones y pasillos, el bar, el restaurante. Pasan inadvertidos entre la multitud.
De pronto una ronca y estruendosa sirena, rompe el encantamiento. Es el alerta de la próxima partida. Más veloces que antes están nuevamente en  medio de la escalerilla. Un beso interminable, un “espérame” dos “te quiero”. Unas  monjas que ascienden los observan con tolerancia y comprensión. Ella desciende, él sube. El llanto los demora. En el muelle, familiares  nerviosos la esperan.
La escala es levantada y la mole comienza a navegar entre puntillas de espuma, hacia un imprevisto horizonte.
El muchacho desde la cubierta de tercera clase se apoya en la baranda.
Mueve los brazos en señal de saludo pero pide  a una columna que cubra su emoción.
Lenta, muy lentamente, la nave parte cada vez más pequeña acentuando la sensación de lejanía. Él, apenas un punto oscuro e inmóvil.
Pronto nave y él son  sólo una maqueta. En el puerto ella llora, tiembla, sueña…
Su mano es un pañuelo que en lugar de adiós, le grita ¡Hasta mañana! Él es la golondrina y ella la primavera, No es necesario más.
       

miércoles, 8 de diciembre de 2010

La búsqueda


La charla es amena; comenzamos a recordar tiempos pasados. Nombramos   a algunas chicas que vivieron en la Ciudad en nuestra niñez  De pronto un nombre no aparece en los comentarios. Mi mente está algo perezosa o  un poco fatigada.  ¡Y el nombre que no aparece! ¿Con qué letra empezaba? Y  bailan las letras del abecedario. Las repaso una a una. Trato de retener la sonoridad que tal vez está en mi oído. Pero la búsqueda es fatigosa. Alicia, tal vez… No. Alcira… tampoco. Ninguno me resulta familiar. y empieza la farándula danzando en mi cerebro al que siento algo vacío. Me resigno a la frustración de no recordar. Nos despedimos con mi amiga, ella tampoco recuerda. Parece no importarle demasiado. Pero en mí inciden dos factores importantes.
Primero yo hablé con la niña alguna vez . Segundo, siempre me he preciado de mi buena memoria. No es èsta  la primera vez que una palabra se me escabulle, pero ahora es diferente; más años se van  acumulando sobre mis hombros… y el no recordar es ya una señal de alerta.
 ¿Cómo estará el colesterol?  ¿No será esta una indicación de senilidad? Tendré que controlar eso. En fin, con el gesto algo contrariado llego a mi casa. Es la hora de la merienda. Enciendo la cocina, preparo el té. El nombre no aparece en mi mente.  Luego de una apresurada merienda, insabora,  y disgustante  sigo buscando en los archivos y casilleros del  cerebro.
 Estoy sola como es habitual .Enciendo sin  prisa el televisor. Los programas  no son  esta noche  muy interesantes. ¿Qué pretende esa folclorista cantando con voz  tan desafinada?
Cambio   de canal.  Está comenzando el informativo de la noche. Todas noticias políticas y de accidentes. Otro niño extraviado
Dónde estará?  Muchas veces  no   aparecen, pero… ¡ojalá, éste no sea el caso!  ¡Los padres están desesperados! No es para menos. Pienso en mis hijos de pequeños, luego en mis nietos. Ya todos son mayores. ¡Que época difícil estamos viviendo!
  Las noticias deportivas no me importan  demasiado, tampoco las predicciones del tiempo. Casi sin darme cuenta intento  resolver el crucigrama que dejé inconcluso en la mañana. Todavía no empieza mi Serie preferida. Sin embargo el fondo de murmullos, y la luz del  televisor encendido me acompañan.
 El nombre intenta aparecer; mi subconsciente lo busca con furia. Yo casi he renunciado. Miro la película, ceno desganada apenas una sopa, leo unas páginas de la novela que   me regalaron. ¡En cuántos problemas se mete el protagonista!. Mira que irse a vivir a España  justo antes que empiece la Guerra Civil. Y además  es idealista y republicano. Debería regresar a su país, pero  tampoco allá se encontraba muy bien; recuerdo que había desertado del ejército y  quemado el uniforme. ¡Con tal que no deba vestir otro!
    La noche está bastante fría  Tal vez debí encender la estufa a leña,  pero no tengo piñas y ¡Con mi habilidad!   El gas está por terminarse, comienza a parpadear. Lo mejor será ir a la cama.
Luego de todos los preparativos previos, incluyendo la bolsa de agua caliente, (hoy es necesaria) me acuesto. Tomo la linda Biblia que me regaló mamá y que es mi preferida, leo uno o dos salmos, costumbre habitual,  enseguida apago la luz. De pronto una claridad  ilumina mi cerebro: Araceli…

Acaso...




Arribaba con su pequeña pero altiva tropa a una nueva villa.¡ Habían sido tantas las que habían quedado atrás, en el largo camino!
Pueblos o aldeas que daban un asilo forzado al invasor. Y ellos lo eran. Pero flotaba aquí un aire diferente. El perfume y el color lo retrotrajeron al comienzo de ese ridículo periplo que recorriera. Arrancado de su hogar apenas transpuesta su adolescencia fue pronto enfrentado a sucesos terribles e inimaginables. Primero tuvo temor, luego fue adquiriendo esa indiferencia robótica que lo caracterizaba. Fue la manera de poder continuar. Los galones le habían llegado tal vez por el tiempo y su don de mando, pero dentro de su alma palpitaban todavía viejas emociones, que hoy, se apuraban por asomar.
Pensó que retornaba a su hogar, o mejor que nunca había partido. Las rosadas flores que engalanaban los durazneros, le trajeron recuerdos del huerto de su padre. ¡Cuántas veces de niño había arrancado una hermosa varita, sin meditar que serían menos los frutos que gustase después. La tentación era tan grande  que no vacilaba antes de aquella acción casi instintiva.
Una debilidad casi femenil que lo acercaba a sus años de niño.
Hoy no pudo vencer aquel impulso y se vio a sí mismo con un débil gajito en su mano. Desentonaba bastante con el oscuro uniforme que vestía, pero no le importó.
Marchaban altaneros, pero él sabía que estaban quemando los últimos cartuchos. La guerra terminaría pronto, lo presentía y anhelaba.
Su intuición, noticias que llegaban, parecían indicarle que finalmente no serían los vencedores.  Eso era lo que menos le importaba. Solamente ansiaba la paz. Había visto demasiados muertos, terror e injusticias. La guerra, no era su elección. En realidad, pensaba, sólo un grupo de fanáticos podía desearla. Él había pasado de granjero a soldado. Había perdido su inocencia, pero no sus principios. Su familia era pacífica, amable, buena. Así lo habían formado. Afortunadamente no había  tenido que disparar más que a aquellos que lo habían enfrentado. Sus órdenes  aunque aparentemente duras, solamente obligaban a atacar en caso de peligro.
Todo eso estaba en su corazón, pero su porte y su divisa  inspiraban otros sentimientos en este suelo que hoy  pisaban. Las flores temblaban en sus manos mientras una ardiente lágrima pugnaba por asomar.
Sentía que le habían robado sus sueños y su juventud. Sus seres queridos estaban lejos y también la rubia  Elvira, que le regalaba risas y miradas.
Tal vez regresara un día, si la lucha terminara al fin, y la muerte no lo alcanzaba antes. Pero volvería quizás vacío, temeroso por estos años locos, más duro, más cambiado.
   Sin embargo las aromadas flores que apretaba casi inconcientemente eran acaso… una tímida esperanza…

martes, 7 de diciembre de 2010

Responsabilidad

                                  


Desde muchas décadas atrás, supuestamente por motivos de educación, o de temer  exhibir un desmesurado egocentrismo,  evitamos mencionar el yo ante nuestros oyentes. Preferimos remplazarlo por Nosotros. Sin  embargo el incorporar más miembros a la persona no reduce en nada nuestra naturaleza o responsabilidad. Obligamos a alguien abstracto a compartir nuestras actitudes, a participar en nuestras culpas o dichos, a veces fingiendo ser modestos.
   He llegado hoy a la conclusión de que no es el pronombre tras el que nos refugiamos el que muestra o disimula nuestro yoísmo.
Es posible imponernos haciendo uso del vosotros si nuestra actitud es imperativa o recriminatoria. Y el Ellos, mencionado reiterativamente, puede significar muchas veces maledicencia o engaño y en pocas exaltación.
Creo que lo justo es que asumamos nuestras acciones buenas o malas, los hechos que nos ennoblecen o desmerecen. Evitemos los vosotros que nos alejan y los ellos que no nos pertenecen y quizás en un fraterno tú y yo, o un respetuoso usted y yo podamos mantener un diálogo cortés y amistoso, sin engaños ni disfraz.
  En nuestra cordura, inteligencia y sencillez estará el no hablar excesivamente de nosotros mismos.
Intentémoslo y veremos que el Mundo es de todos.