viernes, 18 de julio de 2014

      RETAZOS DE UNA DÉCADA DE HISTORIA. 

   Papá llegó a casa con una heladera pequeña y blanca. El mueble en su exterior era de madera laqueada. Cuando abría la inmensa boca que era la tapa,  solía tragar vorazmente gruesas y prismáticas barras de duro y traslúcido hielo. Tal vez corría 1947 entonces. En nuestra  calle, algo más al Oeste, el señor  Razquín   tenía una fábrica de hielo que abastecía a la Villa y zonas adyacentes.
Nosotras, mamá y yo, miramos complacidas y algo orgullosas la nueva adquisición. En el otro extremo otra boca se abría con más frecuencia para engullir astillas de leña que prontamente se volvían ascuas encendidas. Era la cocina económica  que lograba guisados exquisitos y ofrecía plancha y horno para cocer churrascos, pan y asados. Ésta era casi un lazo  que nos unía a tiempos pasados. Hacía mucho que se utilizaban cocinas eléctricas.  También conservábamos en un lugar  privilegiado al reluciente calentador a queroseno, legítimo Primus sueco, de hermoso bronce. Mi papá  lo había aportado al casarse, luego de haberlo usado  en años de soltería.     
   En cambio habíamos desterrado definitivamente a los antiguos braseros.
   Por aquel tiempo llegó  una tarde a nuestra esquina  un camión cisterna. Un hombre con un megáfono invitaba a que  nos acercáramos con un recipiente adecuado, para volcar allí  aquel líquido  perfumado, burbujeante y oscuro.
¡La Coca Cola había llegado a nuestro barrio!  Todos corríamos presurosos  para aprovechar aquella dádiva promocional. Hoy no recuerdo si antes la había saboreado, pero en cambio reveo nítidamente las fotografías publicitarias que aparecían en múltiples      revistas. La Selecciones del Reader,s Digest  que  yo leía a menudo mostraba reuniones con niños, jóvenes y ancianos gustando la refrescante bebida. Yo había nacido en la época de las pequeñas gaseosas con el atrayente cierre de bolita, antecesora de la Limol.
En el mismo período ya habían entrado al país  y por supuesto también a nuestra comunidad  las legítimas Frigidaire, de origen USA. que como por arte de magia sabían crear en pocas horas, cubitos de hielo. Los primeros afortunados propietarios de los refrigeradores,  solían usarlos en su máxima potencia. Los alimentos quedaban fríos en exceso. Las frutas  servidas en la mesa aparecían opacas  y llenas de minúsculas gotitas ante el cambio de temperatura. Pero lo que era peor a veces  las sentíamos agresivas.
  Recuerdo la sorpresiva y desacostumbrada invitación  que me hiciera la madre de una compañera para pasar a su casa a  paladear un helado casero, “hielito coloreado”igual al que hoy llamamos despectivamente helado de palito, porque incluyen uno para ser asidos. Agua y azúcar en demasía, que más que quitar la sed parecen provocarla.     
Nuestra familia no poseía  automóvil,  seguramente escapaba a nuestras posibilidades. No muchos amigos los poseían. Los que circulaban eran casi todos de fabricación  norteamericana. Las marcas más frecuentes eran Ford y Chevrolet.  Pero también aparecían con cierta timidez modelos europeos.
Nosotros acostumbrábamos desplazarnos en bicicleta en los escasos paseos familiares. Papá poseía una  clásica bicicleta inglesa, mamá una Bianchi, reconocidísima marca italiana y yo la anteriormente mencionada  Mi padre cuando iba solo solía montar algún airoso caballo. Desde el Defensor, colorado fiel y bueno que monté muchas veces cuando pequeña hasta el Comadreja, su última adquisición, airoso tordillo que se había lucido corriendo en Las Piedras antes de ser suyo.
 La radio había ocupado durante toda mi corta existencia un lugar de privilegio en nuestro hogar. Aún recuerdo los informativos que papá escuchaba cuando yo tenía cuatro años, o sea más de diez años atrás,  en la sintonía que según mi entendimiento infantil se llamaba “El Despertador”. Tampoco se me ha olvidado aquella propaganda de los mismos años, de la que recuerdo fielmente incluso la música y que decía más o menos así:

                        Si su radio no funciona
                       vaya enseguida Penini ¿Cinti?
                        Está en la calle Agraciada
                        frente al Palacio Legislativo.
                        Técnicos son,  no improvisados
                        pues tienen conocimientos, 
                        y hace ya tiempo, son consagrados.

Cuando vivimos algunos meses en el campo nos acompañó una radio que funcionaba  con energía  eólica, pues lo primero que se hizo fue colocar un molino de viento. De ese breve tiempo recuerdo las dos planchitas gemelas que mamá colocaba alternadamente sobre la cocina para ir planchando nuestra ropa. Eso porque la energía  no era suficiente más que para la luz y la radio.
Volviendo a la década del relato, teníamos ahora una  radio grande, marca Philips, con amplio parlante, onda corta y larga y una tapa superior que escondía un pequeño y frágil tocadiscos.
La victrola figuraba ya en museos o en casas nostálgicas como recuerdo. Había marcado una época y cansado muchos brazos con la imprescindible manivela. Billones de cajitas de púas habían sido el implemento necesario. En cambio los discos continuaban siendo de pasta quebradiza, de 46 o 78 revoluciones por minuto.
Los tocadiscos eléctricos e independientes habían surgido tiempo atrás, incluso los automáticos que cargaban muchos discos a la vez,  que iban bajando a medida que finalizaba el anterior. Pero fue por los años cincuenta cuando aquel sencillo tocadiscos estuvo a nuestro alcance.
He olvidado mencionar que la casa en que vivíamos, (en Piedras) hoy  Wáshington Quintela) y Lizarza  me había proporcionado desde el principio a fines del cuarenta y tres,  la grata diversión  de los baños en una profunda bañera con calefón. Yo había usado aquellos tanques regadera  que debían cargarse con agua caliente o tibia y que luego de ser colgados, dejaban caer agua por una roseta, merced a un tirón de la cadenita.
Existían también calentadores a alcohol, muy prácticos y que duraron mucho tiempo, quizás se encuentren todavía. Eran   realmente sencillos y eficientes. A las viviendas las  calefaccionaban con estufas a leña o eléctricas. Por lo menos ese era nuestro caso. Recuerdo que me regalaron una eléctrica con un brillante reflector cuya forma me recuerda
a una minúscula antena parabólica.
¿Cuáles eran por entonces las principales  atracciones en nuestro medio?          
Sin dudas los circos, que eran primero muy completos y luego fueron decayendo hasta su desaparición  casi total.  Creo que algún grupo  finalizó su vida artística en Pan de Azúcar.    Conocí   a algún   integrante que se radicó en la Villa: Incluso  su sombra puede notarse aún en las calles de la ciudad. Los parques de diversiones,  y hasta un clan de gitanos con bailarinas con mucho garbo y bellísimos vestidos, solían    ocupar diversos baldíos que hacían esquina en cualquiera de las calles.
Pero había otro pasatiempo más continuo y permanente, me refiero al cine. El mismo funcionaba por esos tiempos en la planta baja del Centro Progreso. Todavía veo a la entrada los afiches  de   las películas y el montón  de latas circulares apiladas que las contenían, y que indefectiblemente llegaban en ferrocarril.
Prácticamente creo que casi todas las noches había función. Mi mamá y yo éramos asiduas concurrentes. Además los niños podíamos ir con absoluta tranquilidad  y solos,  a las largas sesiones de matinés domingueras. Allí veíamos muchísimos filmes argentinos, románticos  y refinados que mucho difieren de los actuales de esa procedencia. Destacaban unas jovencísimas mellizas Legrand, Mirta y Silvia, a las que no era muy fácil distinguir. Recuerdo  a una sensible Delia Garcés, a Amelia Bence, Zully Moreno, Pedro López Lagar, Hugo Del Carril, Osvaldo Miranda, Pepe Arias, Luis Sandrini, Tita Merello, Niní Marsall y una larguísima nómina que por supuesto es imposible recordar totalmente, si realmente interesase.

 El lunfardo solamente era la lengua de los arrabales y todavía no existía esa jerga rioplatense que se arraiga cada vez más. Eran frecuentes los filmes del Neorrealismo Italiano, muchos franceses y hermosos filmes rusos, que hoy serían  inimaginables. En cuanto a la filmografía Hollywoodense, estaba presente como hoy.  Muchas  películas  dramáticas  espléndidas pero abundando siempre las del Lejano Oeste, en las que no faltaban las diligencias, carretas de colonos, indios y soldados.  Sería imposible olvidar las  de Chaplín, de Stan Laurel y Oliver Hardy  menos todavía las de Tarzán, muy de moda y la serie “ La Sombra.”
   Un  muy joven Pedro Castellanos, linterna en mano, se ocupaba de situar a cada espectador en el lugar deseado .Algunas veces trabajaba junto a él su primo Martín Hernández. 
Uno de los propietarios del “Doré”, nombre que tenía por esos años nuestro cine, era el Señor Serra, Después fue de Serra –Spinelli. El funcionamiento del cine no fue muy continuo por diversos factores, cambios de firma, refacción del Centro Progreso. En este último caso  debo decir que el cine renació muy mejorado. En el mismo local se realizaban                     espectáculos culturales, venían importantes artistas como Atahualpa Yupanqui, Juan Carlos Mareco,( Pinocho.),  también pianistas y guitarristas  muy bien conceptuados. Sin embargo no tenían el mismo  éxito que el cine, pudiéndose advertir una platea casi desocupada.  
En el piso superior o principal del Centro Progreso  se realizaban frecuentes bailes. Eran oficiales y de gala los del 24 de agosto y 31 de diciembre. En  otras fechas había bailes  de menos etiqueta, y recibos bailables los sábados de noche a horas muy tempranas, para los jovencitos. En carnaval se efectuaban frecuentes bailes, incluyendo uno de disfraz para adultos y otro para niños.
Los bailes eran amenizados frecuentemente por tres orquestas, una Típica  que ejecutaba tangos, valses y pasodobles, que además traía cantor, una de Jazz   y otra  Característica que ejecutaba temas diversos.    
Había ya citado que el cine había tenido muchas pausas en su funcionamiento. En uno de esos períodos  de receso,  diríamos, funcionó otro en el Salón Parroquial. El encargado del mismo era un señor Etcheverry  que vivía en el Km. 110, y  que además tenía una camioneta con parlantes con la  que hacía publicidad,   
El local largo y angosto, no era muy adecuado. Tampoco era cómodo;  y el equipo tenía algunos defectos, con todo marcó un período que es del caso destacar. Más todavía cuando sirvió de centro de espectáculos con la actuación de magos, y de algún artista como aquel excéntrico personaje que apareció con un xilofón y varios instrumentos de cuerda de diferentes tamaños, mezcla de violín, laúd o guitarra.
En otra pausa y antes de desaparecer el cine definitivamente de la villa, los cinófilos, debíamos viajar a Pirlápolis donde funcionaban dos, El Argentino en un primer piso, donde hoy está La Pasiva con sus arcos, que entonces era llamada Galería de Demetrio, y El Miramar en su lugar habitual.
En los inviernos solía con frecuencia ir a pasar la tarde en las Matinés, con unas amigas y la mamá de ellas al  Miramar  El viaje hacia el balneario, lo hacíamos  en los ómnibus de la Empresa Fontes, como en verano lo hacían los que deseaban disfrutar de mar y playa, o los obreros que trabajaban en Pirlápolis.
Los mismos autobuses también sirvieron para traer desde allá a nuestro liceo a varias generaciones de estudiantes. El Liceo de Pan de Azúcar fue el único por varios años en toda  la zona. La Enseñanza estaba bastante centralizada, ya que para el segundo ciclo, al que llamábamos Preparatorios, todos los alumnos del Departamento debían viajar a  la Ciudad de San Carlos, inclusive los fernandinos. Luego de esas largas pausas, tal vez por  1953  nuestro cinematógrafo renació.  El postrer resurgimiento tuvo posiblemente una década de duración. Con el arribo de la televisión a fines del 58, (en la década del 60 hasta en viviendas humildísimas se veía destacar una antena),  se produjo la declinación definitiva de la gran pantalla.  En Piriápolis todavía funcionaban los cines, con la incorporación incluso de uno amplísimo,  que había surgido varios años  atrás y que se Llamaba Festival  Hall.
Tocando otras actividades de aquella década, debo también contar que fue un período de gran efervescencia cultural en lo que respecta al teatro. Un núcleo de jóvenes de la sociedad de entonces, varios hoy lamentablemente desaparecidos, formaban el elenco. Recuerdo entre ellos a Elbia Cuadrado (Chicha) Melchor Cuadrado h. Edgar Bonilla, Mary Goicoechea García, Elsa Funes, Walter Razquín. La obra más exitosa y con la que recorrieron el Departamento con singular éxito fue: ”Los árboles mueren de pie”. Como esa actividad duró cierto tiempo no recuerdo si  los actores que menciono trabajaron  juntos o en momentos y obras diferentes.
 Unos años después hubo otras iniciativas teatrales  que duraron cierto tiempo en las que actuaba Marza  Rodríguez Zanoni, Yamandú Beovidez,  Alfredo Acosta entre otros.

  ¡Cuántos lectores habrán vivido estos años y compartido estas vivencias! Seguramente  otras personas tendrán recuerdos más fieles que yo. Pero yo los recojo así, salpicados, por aquí, por allá, como postales salvadas de un olvido definitivo.   

lunes, 16 de diciembre de 2013

Sin esperanzas

                                                               
He amado y amo siempre el suelo que me vio nacer. Lo he admirado, orgullosa de que se empeñara de ser culto. Fue distinguido por eso en un pasado. Alguien lo llamó una vez, pequeño trozo de Europa en suelo americano. Quizás porque la etnia sobreviviente era más homogénea. No lo sé. Algo distinto encontraba el viajero en nuestras gentes, fueran ellas humildes o privilegiadas. Nuestro nacimiento como nación, tuvo principios republicanos, heredados de países que sufrieron opresiones y diferencias. Y el colono que llegó, a veces olvidó meter en sus maletas el amor a Dios, la reverencia, el respeto. Sabían de Él, oraban por las noches por sus bendiciones. Llegaban a las iglesias para contraer matrimonio después para el bautismo de los niños y finalmente para una despedida final a aquel que se marchaba.
Fueron pocos los más fervientes, porque Iberia parecía endurecida por no sé cuáles calamidades, quizás fatigados de la inquisición que aún recordaban. Los italianos cansados de guerras u hasta de alianzas algo vergonzosas que empequeñecían ante sus ojos a la Roma papal, traían algo de anárquico en sus ideas  Tal vez porque el trabajo agobiante de los campos le habían hecho olvidar  inclinarse ante el Señor.
 Francia había aportado su racionalismo feroz, sus múltiples escritores que junto a las monarquías habían abolido a Dios, (una forma nueva de endiosarse a sí mismos).
 La pequeña Suiza trajo un puñado de laboriosos cristianos que  encontraron un agraciado rincón donde preservar sus costumbres y sus ideales.
Seguro que llegaron muchos otros perseguidos  por su credo, a este país hospitalario y España tuvo como Italia emigrantes que fueron pequeños focos luminosos.
 Luego arribaron  rusos, alemanes, con recuerdos de los castigos a sus ancestros, pero nada fue suficiente.
Hubo una terrible confusión entre laicidad y ateísmo, y en lugar de preservar a cada creyente de que el Estado lo privara de sus derechos, el Estado pensó que era él quien debía cuidarse de las religiones y creó una valla poderosa para protegerse. Entonces lo que primero fue una libertad de cultos, que aún permanece afortunadamente, laicidad se convirtió, no en permitir que cada quien creyera lo que deseaba o lo que la familia le había transmitido, sin la interferencia de las leyes, para  volverse   un descreimiento de las religiones.
Mientras el evolucionismo y el creacionismo corrían paralelas como teorías optativas todo era aceptable, pero poco a poco el evolucionismo fue considerado el criterio único y verdadero para una sociedad que cuanto más estudiaba y más culta se volvía, más racionalista era.
Hoy nuestro pequeño país  encuentra conocimiento de Dios sólo en colegios privados, cualquiera sea su credo, mientras un dios anónimo y poco conocido aletea entre una nómina de dioses paganos que aparecen en la historia de las mitologías, en los cuentos, o escritos de personas más letradas, en las instituciones públicas
Persiste ese criterio, aun cuando nuestro país se ha vuelto menos educado, menos sabio, por no decir más ignorante, y por ello más irrespetuoso.
Fomentamos una posición científica mientras cientos de personas caen en vicios y situaciones abyectas, que por supuesto ocurren también  en otras partes del mundo. Los habitantes se han vuelto menos trabajadores en espera de dádivas que se ofrecen aún a aquellos que tienen hombros fuertes y habilidades especiales.
Leyes nuevas atentan contra la integridad de las familias, el nacimiento de los niños, favorecen la legitimidad del uso de algunas drogas, y el casamiento de personas del mismo sexo.
Una cruzada de avanzada ridícula en un medio donde las hierbas verdes y prometedoras podrían evitar que los corderos fueran perseguidos por lobos feroces. Retazo fértil con muchos frutos y con escasos recolectores.
Dones de Dios menospreciados en una apatía  nacida no comprendo por qué, o mejor, no quiero comprenderlo, porque no tengo armas para combatirla. Un día creí que éramos ricos, tal vez tuvimos esa oportunidad, pero a medida que mi tiempo pasa, como el de todos, comprendo que equivocamos nuestro camino, y nuestro espíritu empobrecido, ha perdido la luz de la esperanza.
¡Pobre Uruguay atrapado entre ideas que no entiende, comodidades que pretende, esfuerzos perdidos, y ambiciones constantes!
 Conocemos toda la tecnología, pero olvidamos nuestros principios, y cometemos yerro tras yerro. De lejos sentimos voces que nos elogian, que alaban este deprimente presente. ¡Pobrecitos! Cómo se engañan. Son inocentes o están más perdidos que nosotros. No escuchan los lamentos que brotan desde las entrañas mismas del suelo
¡Que Dios ilumine nuestro sendero  mientras haya tiempo, porque la vida es corta y el fin está cerca!


lunes, 18 de noviembre de 2013

A una conocida

Para Ana:
Yo te conozco apenas. Me has atendido gentilmente muchas veces en tu negocio. Confieso que a veces me ha chocado tu tranquilidad, tu falta de apuro, contrastando con el mío. Nací así, apresurada, creyendo llegar muy lejos, pero no, no era la forma. En cambio tus manos han sido hábiles, prolijas, tu mirada cauta, tu hablar sereno. Lo mismo has armado los anteojos más complicados, arreglado una joya, cocinado una torta bellísima de cumpleaños. Alguien me lo contó algún día. Comprendo  que  Dios te dio muchos dones.  Te premió con una voz muy bonita, con un amor al arte que te confieso no sé en qué tiempo has podido desarrollar. Te ha regalado muchos hijos como a aquellas bienaventuradas que aparecen en la Biblia. No te envidio, porque yo cumplí como pude mi destino, amé, tuve hijos, por lo menos aquellos que mi pequeña falda podía guardar. Amé como tú a Dios, a la poesía, a la música, a los muchachos.
Pero quiero confesar que te admiro. Para mí eres una representación de paz,  una esposa con las cualidades que todas deberíamos tener. Seguramente eres feliz en tu plenitud, y con tu enfoque de la vida. Adivino en ti la fe que te asegurará también un camino más allá de éste que transitas.
Creerás que estoy loca porque te confieso todo esto, pero no es así. Es bueno decir lo que uno piensa de otros, si es para que mejore o si es para que continúe en su sendero. No creo que mis palabras te hagan orgullosa porque ambas sabemos que los dones los recibimos de Dios y también la gracia. Así que tómalo simplemente como las palabras de una amiga ocasional que sin embargo te ha valorado en todo lo que demuestras. Y no es nada poco,  ya que no me considero aduladora, quizás mis palabras sirvan apenas para aliviar algún cansancio  de esos que nos causan los empujones de la vida.

Wilma

Irma Pereira


Brevísima y objetiva biografía de quien fuera mi mamá

Irma Pereira (7 de agosto/1916/20 de setiembre 2000
Nativa de la zona de Pan de Azúcar, conocida  como El Sauce, pertenecía a un hogar humilde y fue la mayor de seis hermanos, de los cuales solamente uno era varón.
 Desde los siete años quedó al cuidado de sus abuelos maternos, cuando su papá debió alejarse de la zona para ocupar diferentes trabajos en otras secciones del Departamento de Maldonado. La esposa y demás hijos lo acompañaban.
Su niñez y adolescencia fue bastante solitaria, junto a sus abuelos bastante mayores y un tío. La educación primera la recibió de una joven  familiar muy preparada que ofició de maestra durante varios años, porque  la escuela quedaba bastante alejada de su hogar. A pesar de esa soledad, su vida fue bastante confortable y aunque en un ambiente serio y austero, recibió un especial cuidado. Los viajes al pueblo no eran muy frecuentes, y se complacía cuando podía visitar a sus padres y hermanos donde lógicamente el ambiente era más alegre y bullicioso si bien menos cómodo. Era bastante bonita como para despertar el interés de muchos jóvenes que ocasionalmente se cruzaban en su vida.  Siendo muy jovencita se ennovió con un funcionario policial Juan Ángel Pereira, con quien tenía cierto parentesco, pero debido a su crianza apartada, junto a sus abuelos, casi no conocía. Cuando tenía diecisiete años  se realizó la boda y por primera vez pasó a vivir en la ciudad. Primeramente fue San Carlos donde nació su única hija, a quien llamaron Wilma. Los sucesivos ascensos del esposo los enfrentaban a traslados a veces frecuentes. Las permanencias más largas fueron  en Punta del Este  y en  Pan de Azúcar, donde el esposo sería Comisario durante diez años hasta culminar su carrera policial. La pequeña familia había retornado  así al pago de sus respectivos antepasados, donde permanecerían hasta el final de sus días.
  Los primeros veinte años de matrimonio  ella los dedicó solamente a las tareas del hogar, a atender a esposo e hija. Su salud no muy buena, no le permitían nada más, y quizás por aquellos primeros años tampoco anhelaba otra cosa.  Radicada en la ciudad desde hacía unos quince años, comenzó transpuestos  sus cuarenta años, una labor de servicio a la Comunidad, animada por una fortalecida fe cristiana. Para ese entonces su esposo se había jubilado de su cargo y su hija acababa de casarse.
 Aprendió a dar inyectables y a tomar la presión, conocimientos agregados a su formación como masajista. Dado que el barrio en que residía estaba bastante alejado del hospital local, Salud Pública la autorizó prontamente a aplicar esos conocimientos.
Desde entonces no hubo día ni hora en que no atendiera a cualquier vecino en su domicilio, o acudiera al de ellos. Este trabajo comunitario lo hacía a pie y muchas veces portando su lámpara  de rayos infrarrojos para otras dolencias. La mayoría de las personas a las que atendía eran  ancianos y   niños,  ya que solían ser  los más susceptibles de dolencias. El conocimiento de los habitantes del barrio se hizo perfecto, lentamente comenzó a concurrir a zonas cada vez más alejadas.
  Un día pensó que sería interesante poner una pequeña policlínica en otro barrio, sin descuidar a sus vecinos. Eligió el Barrio Estación. Su determinación era grande y su tesón mayor. Pronto un señor le proporcionó una sala para que cumpliera su propósito. En ese tiempo contó con una motoneta. Prontamente se instaló allí concurriendo todas las tardecitas por varias horas. Una vecina, enfermera universitaria, Dolly Lorenzo le dio su apoyo, y un conocido médico, Andrés Accinelli se comprometió a visitar aquella minúscula policlínica una vez a la semana. Pero ella deseaba dar un testimonio de la religión que profesaba: Adventistas del Séptimo Día, poniéndole el mismo nombre que daban a toda institución benéfica de salud, y obtuvo permiso para actuar bajo el nombre de OFASA.
Varios años trabajó en ese reducido salón hasta que una amiga, valorando su dedicación le  donó un terreno. Se trataba de la  señora Marita Pacheco de Blois.  Eso no bastaba, sin embargo, ya que era necesario el dinero para la construcción del edificio. Fue así que por mediación de un joven amigo, luego médico, Haroldo Pi, consiguió la donación de otro terreno en un lugar que pareció más apropiado. Esta vez del señor José I. Fontes. Con la venta del primero, obtuvo una suma importante pero insuficiente. Con la misma, concurrió a su iglesia en Montevideo y allá, viendo el valor de su esfuerzo, le proporcionaron todo lo que faltaba para construir la obra. La Policlínica estuvo terminada finalmente. La misma fue inaugurada en el año 1982, año en que coincidieron las inauguraciones de varios centros de enseñanza y de la Biblioteca Municipal. Tanto la enfermera como el doctor Pi, que entonces ya era médico  y había sustituído a Accinelli, la acompañaron mucho. El Doctor  fue nombrado   Director responsable de la enfermería.  Trabajaban gratuitamente. Si bien  no compartían   el mismo  ideal religioso, deseaban   servir a la comunidad. Ese funcionamiento continuo, se mantuvo hasta el año 2000, cuando Irma falleció. Durante tantos años, aunque sus primeros colaboradores todavía estaban, acudieron  al dispensario casi todos los médicos que iban surgiendo en la ciudad. También Ofasa   proporcionaba mucha ropa que era  distribuida  allí, a personas de pocos recursos y a niños de las escuelas, también muy necesitados.
Fue  otra de sus preocupaciones  salvar a muchos adolescentes de situaciones sociales o familiares difíciles. A éstos los aconsejaba, y también con sus gestiones les conseguía becas en colegios formadores de conducta y de principios morales que les permitieran  encauzar su futuro.

Aunque el nombre de Cristo aleteaba con frecuencia fuera de la policlínica, ya que allí no se requería otra cosa que llegar para ser atendidos, encontraba que servir al prójimo era la mejor manera de dar un testimonio de fe .Y en esa misma fe y con  una actividad permanente, realizada sólo por su fortaleza cristiana, hasta tres meses antes de su fallecimiento, ya que llevaba casi dos años de padecer una gravísima enfermedad, falleció en la ciudad de San Carlos donde comenzara su vida de esposa y madre. Sin dudas Dios la impulsó en su actividad social y religiosa y con su fe intacta entró en el descanso prometedor.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Siempre Artigas



Hoy es el cumpleaños de Artigas y como siempre desde hace muchas décadas, en esta fecha o en otras que lo aluden, empiezan las divergencias. ¿Es nuestro héroe, acaso el fundador de nuestra República?
Las personas han perdido el sentido de la orientación y de los tiempos.
Cuando aquel descendiente muy cercano de españoles nació, nuestro territorio  era apenas una parte de la colonia española, Él, consustanciado con el medio, con la tierra que lo vio nacer y hacerse hombre, tuvo como otros la clara certeza que ya había llegado el tiempo de que América rompiera las cadenas que la unían a Europa. Inspirado por otras concepciones de gobierno soñó una patria más grande y con todas las garantías de libertad e independencia. Fue la mano firme y la voluntad precisa del sueño de los orientales, y de otros pueblos vecinos. Fue el anhelo materializado en su persona y mejorado con sus ideas de avanzada.
Sabemos que no tuvo la idea de hacer un país pequeño, no quiso desligarlo de terruños iguales y linderos. ¿Importa acaso que haya soñado más? Siempre entendió que las provincias que él unió en su plan espléndido tendrían la capital en la Banda Oriental.
Nunca en Buenos Aires, lugar que mostraba un orgullo desmedido y otras aspiraciones. De las tierras de habla portuguesa se sintió separado por lógica. Seguirían siendo hijos de España, con el mismo respeto que se depara a los progenitores  pero con aquella independencia que marca la mayoría de edad.
Eso lo tuvo muy claro y dejó fehacientes testimonios de ello. Sin embargo su pensamiento avanzado,  no tuvo la misma respuesta que en  las armas. Tuvo brillantes y honorables triunfos pero tuvo derrotas y traiciones. ¿Fue orgulloso? Tal vez…
Pero luego de su exilio voluntario y largo, en el cual pasó tiempos de confinamiento y tiempos de libertad, no traicionó jamás el sueño americanista.
Hijos del país que soñaba quedaron por el camino y sus continuadores apenas tuvieron valor y competencia para salvar a una mínima parte de su protectorado.
Por supuesto  aquel era  el  suelo más querido para Artigas, aquel donde había  nacido, luchado, amado. Sus otrora tenientes lograron  preservarlo como pudieron,
 y, según sus criterios, bastante más pobres o por decirlo sin herir, cada uno a su manera. Tuvieron ideales diferentes y se convirtieron en rivales. ¿Y a ese terruño que quizás ya llevaba divisas querría volver el libertador?
  Hasta el Paraguay definitivo le habían llegado noticias en parte gratas; se lo nombraba, se le requería, no le habían olvidado. Pero a qué debería enfrentarse cuando ya no era el indiscutido jefe de los orientales. Ahora había otros retos, otras ambiciones, las alianzas no eran las que él hubiera practicado, los federales venían desde Buenos Aires envueltos en una niebla oscura y los unitarios solamente encontraron eco  en  un territorio mínimo como el de su Banda Oriental. Así que su regreso no era lo propicio ni lo aconsejable ni para  el pueblo ni para el hombre. Su sueño se había roto definitivamente. Digamos que el fragmento más grande era una tierra con forma de corazón.
Eso nunca le quitará méritos ante los ojos de la posteridad, ya que sin él nada habría subsistido. El Uruguay, así aislado, no es lo que había imaginado. Él fue un padre con más hijos a quien sólo le quedó uno, el primogénito.  No es fácil sobreponerse a tantas pérdidas.
Pero eso no significa que haya dejado de ser padre. Más lógico sería que todas las otras provincias que integraron la liga federal, (algo de eso se está conversando hoy), lo reconozcan como héroe propio, quizás no de la nación que integran, sino  de cada una de las  provincias en particular,  de cada una de  aquellas donde flameó la bandera del prócer.
Y por fin no desconozcamos el momento histórico que vivió, para minimizarle homenajes ni retacearle cariños. No todos los países tuvieron hombres tan iluminados. Dejemos la mezquindad para pueblos más desfavorecidos. Nosotros debemos ser dignos de su coraje y de su ideario, nada más.

Será siempre el padre de nuestro terruño si bien la concepción de organización o planificación del país no le haya correspondido. 

lunes, 5 de agosto de 2013

Tras la ventana



Hoy los grises se acentúan entre cielo y mar ceniza
Brazos desnudos que  imploran las tristes ramas agudas.
El pampero está en reposo y la brisa se ha dormido.
Es un cuadro mi ventana que enmarca una tela muda

El salitre se ha infiltrado en muchos muros sombríos
Y las ventanas señalan muchas celdas que son nidos
Dentro calor y ternura,  o acaso tragedia oscura
La ciudad y sus misterios en esta tarde perdida

Faltan las rutas abiertas, falta mi cerro custodio
Aquí familia y abrigo, allá mi fuego sin lumbre
Es que espera mi regreso para compartir mi noche

El invierno me divide entre  amores y mi cumbre

Verde Manto



Era tan bello aquel verde
de su manto de lanilla,
que daba gusto hasta verla
tan coqueta y con tal brillo

Era la niña, esperanza
en el ocaso amarillo
y sus manos trabajaron
haciendo dulces muy  finos

Nunca un tal verde  en la tarde.
Jamás otro chal se viera,
ni mejillas tan rosadas
ni alondras en las esperas.

La niña soñaba amores
El novio la vio muy bella,
gustó los suaves sabores
y le sonrió a las estrellas

Y la niña enamorada
coqueteando con las flores
robó el aroma a los nardos
y se pintó de amapola.

Era la niña un alarde
de arrebol y nube rosa
 su novio se volvió brasa
¡Fortuna que no hubo soplo!